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#OperativoNP300: Buenos Aires -> Ischigualasto -> Villa Unión
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Comenzamos a recorrer Argentina arriba de la Nissan NP300 Frontier. Hoy visitamos el Valle de la Luna, la Cuesta de Huaco y Villa Unión. Un viaje que casi termina antes de haber empezado, puede volverse mucho peor.

El jueves fue un día más en la redacción de ISR. Preparamos algunas notas, reservamos algunos vehículos para dentro de las próximas semanas y viajamos en bondi hasta las oficinas de Nissan Argentina para retirar una Frontier.

La pick-up de la marca nipona se lanzó este verano en Tandil, importada de méxico y con tres versiones de tracción y caja: 4×2 manual, 4×4 manual y 4×4 automática. Todas las versiones corresponden a la carrocería cabina doble y llegan en nivel de equipamiento LE, que es el tope de gama que -por ahora- se venderá en el país. Para nuestro operativo (que anunciamos en esta nota), Nissan Argentina nos otorgó una 4×4 con caja manual de 6 marchas, la que conduciremos durante más de 4.000 kilómetros por la provincia de La Rioja.

ETAPA 1: BUENOS AIRES -> ISCHIGUALASTO

Ese mismo jueves por la tarde salimos con destino incierto. Incierto porque ya era medio tarde, sabíamos que hasta la provincia de La Rioja por lo menos había 1.300 kilómetros y porque también sabíamos que en algún lado íbamos a tener que parar a descansar. Ese lugar fue Córdoba Capital, ciudad a la que llegamos pasada la 1 de la mañana.

Hoy temprano, a eso de las 6 de la mañana, nos subimos de nuevo a la Frontier para continuar nuestro camino. No bajamos nada de la camioneta, aunque tampoco había mucho que bajar: las valijas las tuvimos que ubicar en el asiento trasero ya que la NP300 viene de serie sin cobertor de caja. No íbamos a cederle toda la ropa a los amigos de lo ajeno.

Desde Córdoba existen dos caminos para viajar a La Rioja. El primero es desde Villa Carlos Paz tomando de cero la ruta 38, mientras que el segundo es más pintorezco y hasta más corto, transitando por la ruta E-53 hasta Río Ceballos y ahí tomar el Camino del Cuadrado, que une dicha ciudad con Valle Hermoso para continuar por la 38. Es un camino nuevo, asfaltado de forma impecable, con mucho zig-zag entre montañas, con muchísima actividad anual y con más desmoronamientos que lo habitual. Es por eso que en estos últimos días se decidió clausurar indefinidamente este camino para mejorar la trazabilidad. Nosotros fuimos por ahí. Pasamos justo.

Al acoplar con la ruta 38 el viaje se vuelve más lento, cruzando por todas las ciudades del Valle de Punilla: Valle Hermoso, La Cumbre, La Falda, Huerta Grande, Villa Giardino, Los Cocos y Capilla del Monte. Una ruta muy mal señalizada, con espacios muy cortos para sobrepasos y delimitaciones de calzada mal reglamentadas. Para eso te cobran un peaje de $5, que a comparación de los $35 que se abonan en casi todas las rutas del interior, suenan casi irrisorios y uno los paga “de lástima”.

A medida que avanzamos por la 38, van apareciendo algunos pueblitos casi fantasma saliendo de la provincia de Córdoba. Luego de pasar por Cruz del Eje (aplausos para el budín de limón que Darío -del hotel Posta de las Carretas- nos preparó) y cruzar el pueblo de Villa de Soto, lo que queda es campo y muy poca gente a la vera de la ruta. Paso Viejo, Tuclame y Serrezuela son las pocas concentraciones de pobladores de la zona, que de suerte cuentan con un correo argentino.

Llegando a la provincia de La Rioja (y sobre las Salinas Grandes de Córdoba que ahora brillan por su ausencia), se encuentra un puesto de control. Allí muy amablemente nos recibe un policía riojano que nos sorprende con una pregunta:

¿Cuál es su apellido?

Pregunta extraña. ¿Para qué querrá saber mi apellido? ¿No es más fácil pedirme el registro, la cédula verde, el seguro y ver si no estoy secuestrando a alguien en el asiento de atrás?

¿Hacia donde van?

¿Esto es un control o una declaración indagatoria? Por qué no me pide los datos de la chata, ¿no?

Ah… hasta Villa Unión… claaaaro… miren que falta mucho, están lejos… *guiño, guiño y sonrisita*

Sí señores. El señor policía nos quería coimear para ingresar a La Rioja. Ya me había pasado previamente, en el mismo puesto de control pero en el año 2009. “Nosotros nos podemos comunicar con el puesto siguiente, por si les pasa algo, los podemos ayudar”, nos dijeron en ese momento. Ahora fueron un poco más sutiles, aunque las ganas de pedir a “Don Billetín” se esfumaron al ver que la cédula verde de la camioneta estaba a nombre de Nissan Argentina. ¿Casualidad? No lo creo. Seguramente no querían tener problemas más adelante.

Bien, vamos a dejar de quemar a este pobre hombre (que de pobre cada vez tiene menos, si calculamos 10 pesito’ por cada auto) y continuemos con el viaje. Pasando el control, los paisajes van cambiando. Ya no estamos en un terreno es sierra constante, sino en una llanura casi interminable producto del paisaje que brindan las Salinas Grandes.

El principal cambio que se da más adelante es el color. La tierra deja de ser marrón para pasar a tener etapas de un rojo rubí bien fuerte y etapas de un ceniza grisáceo bien apagado. Son todos sedimentos de diferentes etapas que se fueron acumulando y generando el cambio constante que se ve a lo largo de los kilómetros.

Yendo hacia Villa Unión, que es uno de los últimos pueblos grandes precordilleranos de La Rioja, encontramos dos reservas naturales: Talampaya (La Rioja) e Ischigualasto (San Juan). Por cuestiones de tiempo visitamos únicamente la segunda, que tiene componentes que se ven en ambas reservas naturales. En el caso de Talampaya, las formaciones rocosas son casi idénticas a las que se ven en Ischigualasto, pero en esta reserva se encuentra una de las zonas más propensas a encontrar restos fósiles del mundo.

Ah, ¿nunca escucharon de Ischigualasto? Valle de la Luna, para los amigos.

Cuenta con un museo de interpretación con restos fósiles, restaurant y hasta un paseo de compras. Por $150 por persona uno accede a poder recorrer el parque con un guía durante aproximadamente 1 hora y media. Tiene una extensión de 275.000 hectáreas y cuenta con formaciones geológicas de más de 250 millones de años.

En pocos kilómetros dentro del parque, el paisaje cambia constantemente. La primera parada (dirigida por nosotros arriba de la Frontier -el guía no era ningún n*bo-) es un fiel reflejo de ello, llamada Valle Pintado por la variedad de colores que se distinguen en él. Más adelante sigue la clásica Cancha de Bochas (no se ilusionen, tienen 25 centímetros como máximo), el Submarino (con una de sus torres derrumbada por la erosión) y el Hongo (uno de los más famosos junto con las bochas). Pero lo más impactante es la altura de las Barrancas Coloradas que se ubican a la izquierda regresando hacia la base del parque. Son paredones rojizos de más de 250 metros de altura que realmente intimidan. Estos paredones, pero 50 metros más bajos, son los mismos que se ven en Talampaya.

Hasta ahí llegó nuestra visita por el Valle de la Luna. Pero consultando hacia dónde podríamos ir el resto de la tarde nos recomendaron recorrer la ruta 150 y transitar por la Cuesta de Huaco. “Paradisíaco”, nos aclararon.

La ruta 150 es una vía rapida nueva que une las ciudades de Patquía con Jachal, para continuar su trayecto hacia Chile. Fue terminada en octubre del 2014 y se caracteriza por cortar la montaña a través de diferentes túneles muy bien diagramados. Durante todo el trayecto se colocaron lechos de frenado por si nuestro vehículo sufre los embates de la altura y se queda sin frenos, y varios sectores de sobrepaso casi inexistentes en la montaña. Se construyeron muchos miradores y la señalización es casi perfecta.

Antes de llegar a Jachal, desde la 150 y desviando para la ruta 40, se ubica la Cuesta de Huaco. Se trata de una pequeña quebrada de unos pocos kilómetros de extensión, con un camino asfaltado a punto de desmoronarse que sólo te deja el aliento suficiente para sacar fotos. Y creo que eso es lo que más puede describir este lugar.

Después de muchos kilómetros transitados, manejamos 1 hora más para llegar a Villa Unión. El día fue bastante agotador. Pero mañana será peor.

Eso es lo que nos gusta  🙂

 

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Fede Peralta Pahor
Fede Peralta Pahor
Fanático de los autos desde uso de razón, aprendí a decir "mamá y papá" luego de decir "auto". Gracias que sé que en un partido de fútbol hay 22 jugadores en la cancha. Seguro alguien me lo comentó. Partícipe en la industria hotelera, relacionista público y periodista desde los 17 años, participé como administrador y organizador de los Clubes de Autos más importantes del país. Todos fundidos, del primero al último. En 2010 nació Automoov, mi cable a tierra en Argentina que logró sumar adeptos en muy poco tiempo y hoy se consagró como uno de los tres principales medios de noticias sobre autos.